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Cerca de la frontera con Guatemala, se encuentra una de las regiones selváticas más devastadas durante los últimos años. La Selva Lacandona, hogar de más de 3 mil 400 especies de plantas agoniza ante la mirada atónita de autoridades, empresarios locales, turistas y consumidores de proteína animal en todo el país. 

Según el gobierno mexicano, este pulmón cuenta con 1 millón 800 mil hectáreas, pero en realidad, desde la década de los 70’s del siglo pasado ha venido perdiendo su territorio gracias a la extensión de la ganadería y la complicidad de sus autoridades. Se dice que actualmente solo quedan 600 mil hectáreas y nadie dice nada.

Cabe destacar que dentro de este periodo de deterioro, apenas el sexenio pasado, el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) gobernó el estado sin que se registrase un cambio significativo en la zona que es hogar de 24% de las especies de fauna terrestre, 44% de aves, 10% de serpientes, 40% de mariposas y 13% de peces de todo México. Actualmente el estado es gobernado por Morena y las cosas siguen igual.

Cuando uno llega a Palenque o San Cristóbal de las Casas, uno de los primeros productos que ofrecen los touroperadores es la visita a Lacanjá-Chansayab, la zona donde habitan los Lacandones; indígenas que respetan sus tradiciones ancestrales y quienes están dedicados a proteger a la selva.

Desde las imágenes de las vallas promocionales que instala en diferentes aeropuertos la secretaría de turismo del Gobierno del Estado de Chiapas, hasta los pequeños folletos que reparten las agencias de viajes, se oferta a los visitantes un sitio idílico donde habitan mujeres vestidas con túnicas floreadas, hombres ataviados con túnicas blancas, cabellos largos hasta las caderas, una vegetación exhuberante y animales brincando por doquier. La realidad, es muy diferente.

Al inicio del viaje, un hombre ojeroso que apenas ha dormido unas horas, llega a recogerte en tu hotel en Palenque a las 6:00 AM, pues las empresas de transporte turístico sobreexplotan a sus operadores, sobre todo en las temporadas altas, pagándoles salarios que van de los 6 a 8 mil pesos mensuales (300 a 400 dólares) imponiéndoles jornadas de trabajo de hasta 16 horas diarias, siete días a la semana. 

En las camionetas tipo van usadas para los traslados entre Palenque y los atractivos turísticos de la selva como Lacanjá, Bonampak o Yaxchilán, mismas que funcionan con diesel o gasolina, viajan hasta 20 personas, protegidas del COVID por apenas un poco de gel antibacterial y el uso obligatorio de cubrebocas. El traslado se prolonga por más de 2 horas a través de bellas extensiones de pasto donde plácidamente pastan miles de vacas que luego son trasladadas al norte del país para ser puestas en engorda y posteriormente sacrificadas para satisfacer la demanda de carne de las grandes ciudades. 

Hace apenas unos cuantos años estas grandes extensiones de pasto y sembradíos de palma africana, eran parte de la selva y los habitantes anteriores a las vacas eran las aves, los monos y los jaguares que convertían esta gigantesca fábrica de insumos para la producción de proteína animal, productos lácteos y aceite de palma en un verdadero paraíso. 

El viaje sigue a través de decenas de pequeñas poblaciones donde uno no encuentra una sola gasolinera, pero donde abundan los vendedores de huachicol, pequeñas chozas donde los habitantes ofrecen bidones de gasolina a quien los quiera comprar, con listas de precios diferenciadas para locales, operadores de vehículos de transporte y turistas.

Dicen las autoridades que en México ya no hay huachicol, pero sobre la carretera federal 199 y la Fronteriza del Sur, apenas a unos kilómetros de Palenque, municipio donde se encuentra un famoso rancho de folclórico nombre, hay más puestos de gasolina clandestina que de artesanías.

Al final del recorrido uno llega a la población de Lacanjá-Chansayab, donde el operador llama a su lacandón de confianza para que guíe a los turistas. En esta ocasión “Pedro”, como llamaremos a nuestro guía, no contestó el teléfono a tiempo y cuando llegamos aún no está listo para recibirnos. 

Sentado afuera de su casa con unos shorts, mira pasar a la gente en compañía de su familia y su pequeña mascota, un joven mono araña hembra que juega con los visitantes, a quien llamaremos “Gema”. Pedro corre a quitarse los shorts y sale ataviado con la tradicional túnica blanca de los indígenas lacandones. 

Nuestro operador nos indica que Pedro es una persona importante, un líder de la comunidad y por eso no me extraña, cuando miro a mi alrededor, ya dentro de la reserva, que muy pocos indígenas siguen portando su túnica blanca, ahora usan jeans, shorts, bermudas, sandalias crocs de plástico y playeras con leyendas en idioma inglés. 

Muchos de ellos ya están totalmente evadidos del presente, como en las grandes ciudades, mirando las pantallas de sus teléfonos celulares, pues puedes pagar 10 pesos por media hora de wifi en cualquier tienda de abarrotes local.

Los más jóvenes usan el cabello corto y están afeitados, algunos hablan de los antiguos lacandones como si fueran un pueblo lejano, ajeno a ellos mismos, y entonces me pongo a pensar si quizá esta pérdida de identidad tenga que ver con la deforestación. 

También me cuestiono si la integración de Gema a la familia de Pedro, como mono mascota, también explique por qué a lo largo de un recorrido de dos horas y media en río, más dos horas y media a través de senderos por la selva, no logré ver un solo mono colgando por entre las copas de los árboles, ni un solo cerete y apenas unas cuantas aves exóticas. Si bien, la vegetación y las cascadas que pude mirar a mi alrededor son realmente exuberantes.

Me marcho de mi recorrido por la Selva Lacandona con un gran vacío en el corazón. Creo que la imagen que nos venden es un show, una verdad a medias, un montaje teatral, una tragedia en la que hay protagonistas que se caracterizan para la obra, los lacandones, productores que ganan dinero con ella, los tour-operadores y el gobierno, villanos como los ganaderos o huachicoleros y espectadores: cada uno de quienes nos dejamos seducir por la imagen que proyecta la publicidad turística gubernamental. 

Al final, cada quien decidirá si desea ser parte de esta obra, así como el género en que desea percibirla: romance, comedia, tragedia o farsa, y la botana con la que desea disfrutarla, un buen trozo de queso, un vaso de leche, un fino corte de carne o una deliciosa crepa de nutella. Como siempre, las consecuencias vendrán a largo plazo y ninguno de nosotros se salvará de ellas.

Por la noche, de regreso en Palenque, en plena ciudad, dentro del hotel ecoturístico Quinta Chanabnal, nos recibe un mono saraguato con su pequeña familia en el estacionamiento, el recepcionista me indica que al inicio eran solo dos, pero después empezaron a reproducirse y ya son al menos cinco, que en los jardines del hotel a veces llegan las guacamayas por la mañana y abundan los ceretes, así como que la última inundación les dejó un nuevo habitante en los estanques del resort, donde está prohibido nadar: un bebé cocodrilo. A veces uno encuentra maravillas donde menos se lo espera… y entonces mi corazón se llena de esperanza.

Continuemos el debate, sígueme en @soyjuliocesar

Las opiniones emitidas en esta columna son realizadas a título personal del autor y no representan un posición oficial de Mundo Sustentable, Mundo Sustentable Shop ni Mundo Sustentable Radio respecto a los temas aqui tratados.