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La Paz hace honor a su nombre. En esta apacible ciudad, capital del estado de Baja California Sur viven apenas 250 mil habitantes, 40% foráneos, quienes arribaron atraídos por la tranquilidad que se percibe en cada una de sus colonias, el ambiente cosmopolita de sus calles y las oportunidades laborales derivadas de la actividad turística que mueve la economía de la región. 

Pocos destinos tienen la fortuna de esta ciudad sudcaliforniana. Su ubicación estratégica le conecta con maravillosas playas como la famosa Balandra o la hermosa Punta Arena, pueblos llenos de historia y tradición como San Bartolo, el Triunfo o Todos Santos, pero sobre todo con atractivos ecoturísticos como las Dunas del Mogote, la Isla Espíritu Santo o la propia Bahía de La Paz, a donde cada año emigra el Tiburón Ballena.

Este gigantesco pez, el más grande del mundo, llega a medir hasta 20 metros de largo y pesar 30 toneladas. Año con año, durante el otoño y el invierno, llega a la zona conocida como El Mogote buscando las cálidas aguas de este destino turístico. Ahí, se alimenta de plancton por medio de filtración, succionando toda el agua que encuentra a su alcance para después expulsar el líquido a través de sus branquias, nutriéndose de todos los sólidos que quedan atrapados en su boca tras este proceso.    

A pesar de que tiene 4 mil 500 dientes repartidos en doce hileras dentro de sus mandíbulas, es un animal tan gentil con los seres humanos que en algunos lugares se le ha dado el mote de “el gigante amable”, y por esta razón, a lo largo de los años se ha desarrollado una creciente actividad turística dedicada a visitar su hábitat natural para de conocerle de cerca y nadar a su lado durante unos impactantes momentos. 

Todos los días, decenas de lanchas salen del Muelle Fiscal de La Paz, cargadas de turistas que viajan de todas partes del mundo, pero sobre todo de Canadá, Estados Unidos, Francia, España y obviamente México a encontrarse de frente con el gigante de los mares. 

La Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas regula esta actividad designando turnos a fin de que no se concentren demasiadas embarcaciones en la zona donde habita el tiburón, pues es una criatura nerviosa y tímida que podría terminar por alejarse para siempre de La Paz si su tranquilidad se ve perturbada por hordas de turistas tratando de tomarse una selfie con sus cámaras GoPro

Cientos de familias dependen de esta actividad que anualmente deja una derrama de 50 millones de pesos a la ciudad. Sin embargo, durante el último año, el tiburón ballena se ha visto amenazado por la llegada indiscriminada de cruceros vacíos a la bahía, esos que se quedaron desocupados a causa de la pandemia. 

Sus corporativos buscan abatir costos evitando atracar en aguas estadounidenses, pues las fuertes multas que impone la autoridad de ese país a este tipo de empresas por el impacto ambiental que generan sus residuos, merman drásticamente sus utilidades. 

Tan solo entre 2016 y 2019, Carnival pagó 60 millones de dólares en Estados Unidos por tirar plástico en las Bahamas y verter residuos contaminados con petróleo al mar; por el contrario, en La Paz, de acuerdo con Arturo Musi Ganem, presidente de la Asociación Mexicana de Cruceros, las compañías apenas pagaron alrededor de 12 mil 500 dólares por embarcación para atracar durante un periodo indefinido de tiempo.  

Esto sumado al proyecto de construir un muelle en Pichilingue especializado en atender este tipo de transporte marítimo, desató una serie de protestas por parte de ambientalistas, empresarios ecoturísticos y ciudadanos, quienes presionaron a las empresas y autoridades, logrando que una parte de los cruceros se retirasen a finales del mes de julio. 

Sin embargo, el proyecto a cargo del empresario Isaac Hamui, quien fundó y opera el muelle de Mahahual, sigue en marcha. Además, dos de las embarcaciones permanecen estacionadas a las afueras de la bahía, por lo que el conflicto podría volver a estallar en cualquier momento. 

Los empresarios alegan que llevan 20 años tratando de atraer a las compañías de cruceros a La Paz y que las protestas ponen nerviosos a los inversionistas, pero al parecer, nadie le preguntó a los ciudadanos si compartían ese anhelo. 

Hoy más que nunca, los destinos deben ser selectivos con el tipo de turismo que atraen. No es lo mismo un visitante que paga varias noches de hotel, consume en los restaurantes, compra artesanías locales, renta autos o embarcaciones y compra paseos locales; contra otro que llega por la mañana a visitar la ciudad armado con unos pocos dólares y su selfie stick, retirándose por la noche a la comodidad de su crucero todo incluído, dejando tras de sí una raquítica derrama y un gran impacto ambiental que deberán pagar los locales a largo plazo. 

Destinos de países desarrollados como Venecia, en Italia, han logrado que se prohíba la llegada de grandes cruceros a sus aguas, salvándose de que la UNESCO les incluyera en una lista de sitios Patrimonio Cultural de la Humanidad en Peligro de Extinción. 

Si una ciudad de apenas 50 mil italianos logró organizarse para salvar la Plaza de San Marcos, creo que una urbe de 250 mil mexicanos logrará generar el impacto suficiente para salvar no un patrimonio cultural, sino el hogar de miles de especies marinas, entre las cuales destaca el tiburón ballena, cuya preservación y explotación turística sustentable ha sido un ejemplo mundial a lo largo de los últimos años.

Hoy, el tiburón ballena, principal atractivo turístico de La Paz, lucha por las aguas en las que ha pasado la temporada fría del año durante los últimos siglos, pronto veremos si el gigante de los mares puede más que las gigantescas compañías de cruceros. El fiel de la balanza serán los ciudadanos y ambientalistas quienes decidirán si siguen en pie de lucha o permiten que empresarios y autoridades les arrebaten La Paz.  

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